Crónica de un Imposible

1750

El sueño de los héroes

Por Juan Villoro

Cd. de México (18 junio 2018).- En el primer tiempo contra Alemania, el Tri decidió volverse maravillosamente incomprensible y dominó con jerarquía al campeón del mundo.

Los mexicanos nos hemos graduado en tantas decepciones que el 0-0 nos parecía magnífico. Cuestionada con la misma justicia con que Argentina fue cuestionada antes del Mundial de 1986 o Italia antes del Mundial de 1982, la escuadra nacional podía sorprender con un empate, pero prefirió demostrar que los grandes días suceden para cambiar la historia.

Los impresionantes recorridos de Layún, el control de pelota de Herrera y Vela, la verticalidad de Lozano y la entrega colectiva cuajaron un primer tiempo de museo y el mejor de la era Osorio. Los cronistas que tantas veces nos conformamos con un lance que active una metáfora pudimos al fin afilar los lápices para trazar los adjetivos de la épica.

En el descanso ya daban ganas de ir al Ángel. Pero el partido tenía algo terrible: segundo tiempo. Frente a México estaban los reyes trágicos del futbol, que se alimentan de dolor. Cuatro veces campeona del mundo, la Mannschaft toma la adversidad como un tónico superior a los elíxires de la industria farmacéutica alemana.

Si en la primera parte México cultivó el asombro, en la segunda apostó por la tradición: el equipo jugó contra sí mismo. Osorio sacó al mejor constructor de juego, Carlos Vela, y al autor del gol, el Chucky Lozano.

Los aficionados recordamos lo que pasó ante Holanda en el pasado Mundial; ganábamos 1-0 cuando Giovani Dos Santos, autor del gol, fue retirado como una extraña ofrenda al rival para permitir la voltereta. También recordamos el partido ante Alemania en Francia 98, cuando un gol de Luis Hernández le sacó brillo al sol de Montpellier. En esos dos juegos tuvimos miedo de nuestro propio poderío, adoptamos el repliegue para que los rivales dirigieran las acciones y perdimos 1-2.

El fantasma de todas las derrotas nacionales flotaba sobre la cancha cuando Rafa Márquez entró al terreno y recibió el brazalete de capitán de manos de Guardado. El partido se había convertido en un tiro al blanco contra la portería de Ochoa y Osorio buscó tener mayor control con el veterano que llegaba a su histórico quinto Mundial.

En las tribunas, los aficionados pasaban del grito al rezo. La «nación de los vencidos» se consolaba pensando que aunque Alemania anotara, de todos modos Rafa igualaría el récord de Carbajal y Matthäus

El público que cruza fronteras adornado con penachos y con jorongos hechos de chiles serranos, oscilaba entre una anticipada resignación y la delirante posibilidad de ver recompensados sus sufrimientos centenarios. Nunca un segundo tiempo fue tan largo.

Por momentos, los alemanes jugaban en cámara lenta y simulaban faltas como actores de reparto del Berliner Ensemble. Ozil boqueaba como una tortuga ninja a la que le falta oxígeno y Müller mostraba las arrugas de un piloto jubilado. Pero la lucha continuaba.

Joachim Löw decidió no convocar al habilidoso Leroy Sané. Eso define su táctica: más voluntad y menos representación. Como último recurso, mandó al campo al poderoso Mario Gómez. No pensaba empatar con la dialéctica del espíritu sino con el yunque de los nibelungos. Pero enfrente tenía a Memo Ochoa, muy seguro entre los tres palos, y al irreductible batallón que dejó la piel sobre la hierba.

En 1970, a los catorce años, soñé que México le ganaba a Rusia en el partido inaugural del Mundial. En 2018, vi jugar a México contra Alemania, y seguí soñando.

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